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Historia de la Parroquia

 

QUERIDOS HERMANOS EN LA FE

    Hace cuatro años que comparto mi vida, vida de fe y ministerio con ustedes, en esta comunidad de San José Obrero. Siempre he tratado de ser claro en mi pensamiento y sincero para expresarlo. En mis homilías, cursos, charlas, etc., expuse mi modo de entender la fe, el estilo de Iglesia, el sentido y alcance de los sacramentos. Muchas veces mi forma de pensar no coincidió ni coincide con lo que la Iglesia jerárquica propone, y siempre lo aclaré. Como enseña la Iglesia, a la que amo y amaré toda mi vida, mi vocación sacerdotal viene de Dios y a Él debo responderle.

    Hace un tiempo que fui viendo más claro que la triple dimensión del amor enseñada por Jesús, amor a Dios y al prójimo como a uno mismo, no estaba equilibrada en mi vida. A pesar de que lo enseñaba muy bien y a muchos de ustedes les permitió mejorar sus vidas, yo no me estaba cuidando en mi salud, en mi descanso, en el tiempo para mí, lo que llevaba a tener poco tiempo en los encuentros con Dios. Viendo esto decidí organizar mi vida de otro modo porque no podía sostener este discurso si no lo vivía yo mismo.

    Hace dos años y medio que estoy en este proceso interior que compartí con algunos de ustedes. Así fui notando que el cansancio no venía sólo del arduo y exigente trabajo pastoral, donde, sin importar lo que se haga, siempre falta; donde buscando respuestas para esta sociedad injusta, desconfiada, insegura, agresiva, etc., fui discerniendo modos nuevos, tratando de “abandonar estructuras caducas” como nos dice Aparecida. Ante estas novedades, me enfrenté al rechazo y oposición de algunos de ustedes y de otros en la diócesis, a la incertidumbre de equivocarme, a la presión de saber que lo mismo de siempre ya no servía y lo nuevo despertaba burlas y críticas de “los dueños de la parroquia y de la Iglesia”. Con bastante soledad y la presencia cercana de algunos, seguí jugándome por lo que creí y creo que significa ser pastor. Me di cuenta de que el cansancio también era tristeza.

    Como muchas veces dije, yo también me equivoco y cometo errores, y también pedí que me los dijeran de frente, en la cara y no hablando cobardemente por detrás. Algunos lo hicieron: gracias porque me ayudaron a cambiar. Otros siguieron con la crítica. ¡Tienen suerte de que Dios, el papá de Jesús no condena! Pero se condenan ustedes mismos porque viven en la mentira, en la cobardía, en la desconfianza. Dicen que quieren que la gente venga, pero cuando aparece alguien, se abalanzan como buitres para que estén donde ustedes están o para ponerles tantas trabas que terminan alejándose. Yo hoy los hago responsables de tanta gente que se alejó de esta comunidad.

    También debo marcar la otra parte de la comunidad, creo que mayoría, que trabajó y trabaja con esfuerzo, tratando de ser fiel a Dios desde su lugar, con la que trabajé feliz, con la que compartí hermosos momentos de encuentro con Jesús. Los que se animaron a vivir un estilo diferente, que se jugaron por dejar entrar a Jesús en su corazón en tantos Kerygmas, misas, cursos, misiones, comunidades de base, catequesis, etc. Tantos que aceptaron mis propuestas, mi guía, mi consuelo, la gracia de Dios a través mío.

    Por otra parte, la gran dificultad para vivir como comunidad sacerdotal, confiando entre los ministros, sintiendo la tranquilidad de poder decir lo que uno piensa, acertado o equivocado, sin temor a recibir un juicio canónico. El desconcierto de la mayoría para vivir el ministerio, la pastoral, la visión de Iglesia, una pastoral de conjunto, un sinceramiento entre todos.

    Junto con esto, la gran cantidad de teólogos, biblistas, pastores de vasta experiencia que piensan distinto, que buscan nuevos caminos, que se juegan por estar cerca de los más pobres, de los villeros, drogadictos, delincuentes, homosexuales, y sufren las sanciones de sus propios hermanos sacerdotes y obispos. No puedo soportar más el silencio cómplice ante lo que creo que es un camino evangélico.

    No creo en una iglesia que pone condiciones para el bautismo si no hay casamiento religioso, pone condiciones de “cumplimiento” para recibir a Jesús sacramentado, enseña los diez mandamientos y se calla las bienaventuranzas, enseña preceptos morales y no razones evangélicas. No creo en una iglesia que guarda las verdades para los curas y obispos y debe ocultarlas a los fieles, que enseña una nueva comprensión de la biblia “sólo para algunos elegidos” y la oculta para el resto. No creo en una iglesia que transforma los sacramentos, Gracia de Dios que es Don y Tarea, de una bendición matrimonial si hay amor y crecen juntos a un castigo y excomunión si hay separación y se forma otra pareja. Que puede bendecir ejércitos y armas y se niega a bendecir una pareja “juntada”.

    No creo en una iglesia que invita a celebrar la vida en la Eucaristía pero obliga a hacerlo con el ritual romano, donde “se debe decir todo y sólo lo que está escrito”, porque de otro modo es “inválida”, como dice la Instrucción del misal actual. Que está atada a una cultura y pensamiento limitado y anacrónico e impone esto a toda la catolicidad.

     No creo en una iglesia que se olvidó, “el que quiera ser el primero que sea el último, el que quiera ser el mayor que se ponga a servir, Yo no vine a ser servido sino a servir” y reparte títulos de honor como Monseñor, Cardenal, Prelado de honor, etc. No creo en una iglesia que habla de “Opción preferencial por los pobres” y mantiene riquezas y poder en el Vaticano, en los Palacios Episcopales, en muchas arquidiócesis, que puede aceptar gastar 16 millones de euros para visitar Inglaterra. No creo en una iglesia que pide libertad religiosa en algunos países y enjuicia y echa a un sacerdote porque dice lo que piensa.

    No creo en algunos obispos, más de 300 que estuvieron en Aparecida, firmaron el documento conclusivo y lo tienen en su poder, que saben que lo publicado tiene grandes cambios de fondo y se callan la boca. ¿Miedo a qué?

    Sí creo en un Jesús que se acercó a los publicanos y prostitutas, que habló con la samaritana, que dejó lavar sus pies a una pecadora, que recibió la crítica de “comilón y borracho”. Que recibió la incomprensión de “sus amigos apóstoles”. Creo en un Jesús que le dijo “hipócritas, sepulcros blanqueados” a los fariseos, que todos consideraban “santos”, que se enfrentó al “orden establecido” de los sacrificios del templo y echó a vendedores y cambistas. Creo en un Jesús que dijo que nos amaba tanto que era capaz de dar su vida por nosotros, que no venía a condenar sino a salvar, que venía a buscar a los enfermos, que venía a “liberar a los cautivos de toda esclavitud”.

    Creo en una iglesia de hermanos, que busca ser feliz a través del amor, que no está atada a estructuras, que se puede encontrar con Dios sin importar su condición, que permite y alienta a caminar y encontrar nuevos caminos cuando los conocidos no llevan a ningún lado.

    Por estas cosas y bastantes más, es que no puedo en conciencia seguir siendo parte de esta estructura jerárquica, no puedo ni quiero seguir ejerciendo el sacerdocio de este modo, no puedo ni quiero ser identificado como sacerdote católico.

    Lo digo con mucho dolor: ESTE MODO DE SER IGLESIA NO ES FIEL A JESUCRISTO.

    Dejo la jerarquía pero no dejo la Iglesia, dejo de ejercer públicamente como sacerdote pero seguiré siendo sacerdote para siempre y buscaré otro modo, confiando en la guía del Espíritu Santo que nos llevará a la verdad.

    Traté de hacer este proceso de buena forma, buscando lo mejor para ustedes. Hablé con los diáconos y la junta del consejo pastoral, y con algunos más que creí conveniente. A todos les confié esta decisión y les pedí silencio. Hablé con el obispo y definimos que esta reunión sería el 30 de agosto. Pero la imprudencia de algunos precipitó todo, porque agregaron que salgo por una mujer y ensuciaron sin ninguna culpa, y como siempre hablaron por detrás. En esto aseguro que tendrán que dar cuenta a Dios por esta acción.

    Leo esto delante de ustedes porque doy la cara, porque no me escondo. Le doy una copia a cada uno para que queden claras mis razones. Les dejo el legado y la responsabilidad de saber qué hacer con esto. Caminen juntos y con Jesús. Que Dios los colme de bendiciones para que sean santos. Recen por mí para que también sea santo.

Padre Juan Carlos Casado
-Administrador Parroquial-

Parroquia San José Obrero de Caseros
15 de Agosto de 2010

 

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